El río sin nosotros

Los japoneses poseen una sensibilidad especial para lo efímero y se emocionan contemplando las flores de los cerezos, precisamente porque duran muy poco en el árbol. A nosotros eso no nos importa tanto. No de esa manera. Cuando escribo estas líneas y cuando tomo estas fotografías es 19 de marzo, San José, el día de fiesta mayor en esta ciudad bulliciosa. Eso era antes de que el tiempo se detuviera. Camino en soledad por el cauce del río, el lugar que representa como ninguno el espacio común por donde a estas horas tendrían que correr, pedalear y pasear miles de seres humanos que permanecen encerrados en sus hogares hasta nueva orden. Pensando, tal vez, en un día en el que puedan ver de nuevo este paisaje con otros ojos. Antes de acceder al cauce, por las escaleras que dan a la calle Teruel, repaso adormecido el correo y leo que Manuel Vilas ha escrito «cuando la vida regrese, le pediremos menos cosas». Tal vez tenga razón. Ojalá.

Disculpen que utilice la primera persona, pero qué otra cosa puedo hacer en este paseo en soledad que he realizado en cientos de ocasiones a lo largo de mi vida y en el que siempre iba acompañado de otros como yo, cada uno en lo suyo, el perro, el crío, el novio, la merienda, la fiesta de cumpleaños, el juego, el entrenamiento, el aire, el sol, la luz, el yoga o la nada. Simplemente el silencio de la nada. Camino y sin darme cuenta me giro para asegurarme de que no viene ninguna bicicleta por el carril. Pero no hay nada. No hay nadie. Plantas y animales, objetos, campos vacíos dedicados a varios deportes, columpios inmóviles sobre los que revolotean las palomas torcaces. Presienten la primavera. Asoman brotes verdes y algunas flores, un coche de policía circula con parsimonia para asegurar que nadie frecuente este lugar, ahora prohibido, esta superficie verde en la que la vida sigue sin nosotros.

Txema Rodríguez

Resulta difícil explicar lo que se ve. Por una parte, puedo mostrar con mis ojos algo que ahora no se puede contemplar. Los caminos, las formas sinuosas de los árboles y el agua. Las grandes superficies cubiertas de piedra, los hermosos puentes que se suceden a lo largo de los siglos sobre este río verde tan extraño para otros como familiar para nosotros. Por otra, el vacío evoca fantasmas. Algo imprevisto. Una catástrofe. Entonces me digo que he bajado para ver lo que ahora es invisible, para hacerlo como nadie lo hará, sin humanos celebrando un cumpleaños o corriendo tras una pelota, sin jubilados dando vueltas con brío a esas ruedas metálicas que algún nombre tendrán y que, por supuesto, desconozco. No hay skaters, ni jugadores de rugby, ni de béisbol, ni de fútbol, ni de basket. No hay entrenadores personales, tampoco familias circulando en esos cacharros con ruedas que ocupan tanto espacio, ni guiris metiendo sus pies rosados en los lagos. No hay nadie corriendo, ni andando, ni quieto. No estamos y la vida sigue.

Un hombre me insulta desde una ventana. Está furioso. Creerá que estoy aquí por gusto. El virus también nos convierte en policías de los otros. En otro par de ocasiones llegan sonidos de discusiones domésticas. En una casa tienen el himno de España puesto a todo trapo. En otra, una dulzaina se arranca con ‘Pasqualet si vas a l´hort’. Charlo un rato con un vigilante de la Ciudad de las Ciencias. Ahora parece un mausoleo blanco. Que si esto, que si lo otro, el hombre tiene muchas horas por delante y una montón de teorías respecto a los que habrían de hacer las autoridades, pero le llaman por el walkie y se pira a buen paso en dirección al museo.

Se suceden los rincones y muy esporádicamente los encuentros. Una señora con mochila rosa y perro que huye despavorida al verme. Un tipo con grandes gafas de sol que asegura buscar una panadería. Un vagabundo al que saludo y ni pestañea. Y más gente que pese a la prohibición sortean al precinto policial. O eso al menos se deduce del vaciado de las papeleras. Le pregunto a una mujer que lo está haciendo, extrañado, «hombre, alguna basura hay, así que algunos…venir vienen»

De regreso, bajo el puente del Real un hombre camina en círculos en torno a uno de los ojos, bordeando la piedra centenaria con ritmo acelerado. De pronto de para y grita: «¡Me aburro!»

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