Es una epidemia, no una guerra

Un virus ni siquiera es un ser vivo. Las bacterias, por ejemplo, causantes también de unas cuantas enfermedades incurables son seres vivos, los virus no. Se introducen en las células de los seres vivos y las desbaratan, pero no tienen vida propia. Matar matan, aunque ellos mismos no están ni vivos ni muertos. Constituyen una especie de veneno flotante que el orden biológico utiliza para equilibrar el curso de la vida sobre la Tierra. Los virus son suciedad invisible, la contaminación producida por la fábrica de Dios. Por eso lo que estamos pasando no es una guerra y por eso los discursos de sangre, sudor y lágrimas no sirven en esta ocasión. El enemigo no existe, el enemigo somos nosotros mismos y nuestros hábitos sociales. Igual que nos protegemos de una tormenta o de una inundación hay que protegerse de los virus. Nos enfrentamos a un fenómeno natural, sin cara, ojos o dientes.

La muerte pasea por nuestras calles vacías olisqueando el tufo a miedo que se filtra por debajo de los portales. Más de mil personas ya han muerto en soledad, sin un pariente o un amigo que les cierre los ojos, y miles y miles todavía agonizan carentes de consuelo o esperanza. Las madres y padres de España duermen de pie. Y son incalculables las familias que se arruinarán, a las que la pobreza aguarda a la salida de la cuarentena. También la gripe española mató a más por hambre que por fiebre. No, esto no es una guerra. Al final sólo habrá vencidos… Esto es una epidemia, así que reclamo más humanidad y menos apelaciones al sacrificio. El dolor que sufrimos resulta oceánico y el horror tan sólido como un muro de celda; dennos piedad y mascarillas, dignidad y camas hospitalarias, consuelo y test del virus, y guárdense el lenguaje bélico para cuando vuelva el fútbol. Exijo profesionalidad en vez de demagogia.

No cabe otra que la arenga de la escoba. Confiad en la medicina sería el primer párrafo del discurso que toca, auxiliad a los necesitados el segundo y reparad los daños económicos el tercero. Pero la conclusión sólo puede ser una: la ceguera que no vio venir al virus debe ser barrida. Esto no va de arcos de triunfo sino de aprender la lección, no va de medallas por la patria, toda la patria ha sufrido igual, sino de higiene. Cuando todo pase nuestros médicos, enfermeras y auxiliares nos exigirán los presupuestos de la lección aprendida y no un desfile de la victoria. Al virus es imposible matarlo porque no está vivo, pero a la jactancia, a la superstición y a la estupidez sí se las puede barrer. Menos Churchill y más psicología, por favor.

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