Muere Albert Uderzo, el hombre que creó y vendió el alma de Astérix

«Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos. ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor…». La familiar declaración de principios ha presidido a lo largo de treinta y ocho tomos las aventuras de Astérix el Galo. A modo de localización, una viñeta inicial advierte del escenario donde transcurre la acción: un pequeño villorrio costero al que el aumento de una lupa destaca del resto del actual territorio francés, entonces bajo el yugo romano.

Cuenta René Goscinny, guionista y padre de Astérix junto al dibujante Albert Uderzo, cómo una calurosa mañana de 1959 ambos comenzaron a repasar los periodos de la historia francesa. De Gaulle acababa de llegar al poder y ellos habían recibido el encargo de crear un personaje para la revista ‘Pilote’ que contrarrestara la invasión de los superhéroes norteamericanos. Uderzo, un dibujante autodidacta, hijo de inmigrantes italianos, daltónico y marcado de nacimiento por la singularidad de tener doce dedos, comenzó a recitar la primera lección que reciben los niños franceses: «Nuestros ancestros los galos…».

Para muchos, Astérix murió en Bélgica, el último libro con guion de Goscinny, que falleció en 1977. Uderzo infantilizó el personaje y lo convirtió en una máquina de hacer dinero, hasta el punto de que en los últimos años protagonizó una batalla judicial con su hija y su yerno por un imperio millonario. El dibujante e historietista ha muerto a los 92 años en su mansión de Neuilly, a las afueras de París, según ha confirmado su familia. La muerte se debe a una crisis cardíaca que no tiene relación con el coronavirus. Bajo la firma del tándem creativo se publicaron 38 álbumes que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones de lectores en todo el mundo. Solo en España se han vendido más de 24 millones de ejemplares. El último título de la saga, ‘La hija de Vercingetórix’, llegó a las librerías en octubre del año pasado. Lo firmaban el dibujante Didier Conrad y el guionista Jean-Yves Ferri, que se encargaban de dar vida a Obélix, Abraracúrcix, Panorámix y compañía desde hace cuatro números.

Uderzo nació en 1927 en Fismes, un pueblo de Normandía al que se habían ido a vivir sus padres desde Italia. Su apellido procede precisamente de Oderzo, antes Uderzo, la localidad de donde procedía su familia. De niño soñaba con convertirse en mecánico de aviones y cuando fue rico pudo comprarse tres Ferraris y un avión de caza Mirage III. Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Uderzo abandonó París y pasó un año en Bretaña trabajando en una granja y ayudando en el negocio de muebles de su padre. Muchos años después, cuando Goscinny dejó la decisión de ubicar la aldea de Astérix en sus manos, el dibujante eligió rápidamente esta región de Francia.

Tras la guerra, inició una exitosa carrera como dibujante en París, creando personajes como Flamberge y Clopinard, un hombrecillo de una sola pierna que siempre triunfa contra todo pronóstico. Entre 1947 y 1948 crea otros cómics, como Belloy y Arys Buck. En 1950, dibujó varios episodios del personaje de origen británico Capitán Marvel Jr. para la revista ‘Bravo!’. Su encuentro con Goscinny, un treintañero vitalista que inventaba tantos chistes como cigarrillos fumaba al día -y fumaba dos paquetes-, cambió su vida.

Dos milenios después de que los romanos hubiesen invadido las Galias, la revancha póstuma iba a provenir de manos de una tribu de locos. Se documentaron. Leyeron el trabajo de Camille Julien sobre el caudillo galo Vercingetórix -de ahí la terminación ‘ix’ para todos los personajes- y devoraron los libros del arqueólogo Carcopino sobre la vida cotidiana de los galos en los albores de la era cristiana. Sin embargo, encontraron pocos elementos para poder reconstruir gráficamente los atuendos y viviendas de sus personajes. A la hora de crear la aldea de los bárbaros, Goscinny se inspiró en vagos restos arqueológicos y el resto lo confió a su imaginación. «Inventé lo que me divertía», desvelaba poco antes de su fallecimiento. «Hice las casitas galas redondas y cuadradas, con techos de ramas y cañas, simplemente porque quedaba simpático. Y, de hecho, los historiadores no han podido contradecirme seriamente, porque ellos tampoco están muy seguros de cómo eran».

Así, la coqueta aldea sin nombre de Astérix, rodeada de los campamentos fortificados de Aquárium, Babaórum, Laudánum y Petibónum, resulta un pintoresco enclave en una Armórica de postal. Toma elementos de las vecinas regiones de Bretaña, Normandía y Picardía. Con el mar a sus espaldas y una playa donde recalan los mercaderes fenicios, un denso bosque provee de todo lo necesario: jabalíes para alimentarse y muérdago para elaborar una poción mágica que vuelve invencibles a sus habitantes. Quizá por ello no se explica muy bien la existencia de una empalizada que delimita el perímetro del pueblo.

Albert Uderzo y René Goscinny, los padres de Astérix, en 1970.

Albert Uderzo y René Goscinny, los padres de Astérix, en 1970.

Claro que la autosuficiencia de los galos se extiende a todos los aspectos de la vida económica. Pese a la cercanía de Condate -actual Rennes- la administración romana no interviene en la autárquica vida municipal. Un pequeño riachuelo que atraviesa la aldea y desemboca en el mar aporta la escasa agua que en ésta parecen consumir. Obélix, compañero de fatigas del héroe local, explota una pequeña cantera de menhires, objetos cuya utilidad todavía no ha sido descubierta y que propició la irrupción de las técnicas capitalistas cuando el poder corruptor del sestercio volvió locos a los hijos de Tutatis.

Fue en ‘Obélix y compañía’ cuando la aldea estuvo a punto de convertirse en el primer centro comercial de la era precristiana. Pero los conflictos diarios no pasan de las habituales discusiones entre un pescadero -que no siempre vende el género lo suficientemente fresco-, un herrero poco melómano y el sufrido bardo, y maestro local, Asurancetúrix. Precisamente, este genio incomprendido es el vecino que dispone de la perspectiva más privilegiada, ya que reside en lo alto de un árbol; a buen seguro, para que sea el primero sobre cuya cabeza se desplome el cielo, único temor de los galos.

Que amordacen al temible rapsoda durante las cenas bajo las estrellas daría pie a fáciles interpretaciones en clave sociológica. A fin de cuentas, se ha dicho que la aldea celta contenía a pequeña escala los problemas de Francia. Estuvo a punto de convertirse en un arrabal en ‘La residencia de los dioses’, fue enajenada con un falso título de propiedad en ‘El regalo del César’ y sobrevivió al infundio y la mentira del innoble Detritus en ‘La cizaña’, así como a los temores supersticiosos de ‘El adivino’. Inmune a los cambios, regida por una asamblea comunal ante la incompetencia de Abraracúrcix, resulta el edén soñado de un nacionalista naïf.

El lector de Astérix sabe que ninguna calzada romana atravesará jamás la aldea gala. A su numantina resistencia al progreso e inédita conciencia ecologista, se suma la certeza de que su protagonista, un culo inquieto como sus congéneres de papel Tintín y Corto Maltés, acabará regresando al terruño al final de cada episodio.

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