Reparaciones caseras

No les atormentaré con otro diario del confinamiento, que es lo que ahora se lleva. Pero sí permítanme recomendarles que aprovechen estos días para afrontar de una vez, esas pequeñas reparaciones caseras pendientes para las que nunca hay tiempo y siempre dejamos para mejor momento. Nos hemos quedado sin excusas. Conozco muchos granotas extraordinariamente hábiles con el destornillador o la llave inglesa. Incluso aficionados de otros equipos. No es mi caso. Una fuga en la cisterna, por ejemplo, puede convertirse en mi peor pesadilla. Peor incluso que una goleada de nuestros vecinos en el Ciutat remontando un 2-0. No siempre ha sido así. Hace años llegué a ofrecerme voluntario a mi hermano mayor para colgarle cuadros en su despacho. Él, hombre sabio conocedor de sus limitaciones, ni siquiera lo intentó. Pero con los años hemos ido perdiendo habilidad por falta de costumbre. La práctica (y contar con los medios adecuados) es fundamental en el mundo del bricolaje.

Les cuento esto porque ayer nos decidimos, por fin, a tratar de fijar en la cocina un armario medio suelto. Teníamos todo dispuesto. El taladro, el martillo, una broca del cinco, tornillos del cinco, tacos del cinco. Todo del cinco, lo que le dio pie a mi hijo mayor para hacer varias veces la misma broma. Era el día perfecto. Había dormido bien y por la mañana leí ‘Don Sandalio jugador de ajedrez’ de Unamuno. Incluso contaba con público que, entre cierta mofa, no dejaba de hacer puntualizaciones del tipo «¿ahí no habrá una viga?, ¿seguro que no está torcido?». Hice valer mi presunta autoridad paterna para decretar la reparación a puerta cerrada y desalojar. No nos gustan los observadores. Antes de ponerme manos a la obra tuve la prudencia de abrir la nevera y beber dos cervezas para enfriar el pulso. A continuación monté el taladro con la liturgia de un francotirador, pieza a pieza. Me entraron dos mensajes ‘urgentes’ al móvil a modo de distracción y me enganché a dos vídeos. Luego salió el monologuista Sánchez, «impaciente por decir siempre lo suyo» como describía Unamuno a los plastas en su ‘Diario Íntimo’, y volví a comprobar como -con la que está cayendo- sigue moviéndose en términos de imagen y no en función del interés general. Cuando volví a la faena, la magia se había perdido. Me entraron las prisas, así que taladré rápido, con fruición, imitando a un dentista asesino. El resultado fue un agujero holgado, por el que entraba un dedo. Probé el taco (del cinco) pero se coló por el hueco. Y no tenemos más grandes. Qué le vamos a hacer. Otro hobby en cuarentena, hasta dentro de un mes mínimo. Me dedicaré a seguir la LUDoteca. O no.

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