La importancia de Valencia en la historia de La Veneno

La historia de la Veneno arranca en Valencia. La de la Veneno de los Javis, Ambrossi y Calvo. La que llega a la pantalla ahora con varios propósitos, al menos según avanza el primer capítulo que hoy estrena Atresmedia Player. Uno, retratar una época de excesos televisivos que creó costumbres que todavía hoy padecemos y alumbró a personajes de toda índole que quedaron para siempre en la cultura popular de este país. Y dos, reivindicar una figura mediática que con el paso del tiempo se ha convertido en icono y cuya visibilidad trans ha sido celebrada desde entonces por diferentes colectivos.

¿Qué pinta Valencia en esta historia si la Veneno nació en Adra (Almería) y pasó gran parte de su vida en Madrid? Los Javis han querido que el inicio de este relato se sitúe por estos lares, que actúa aquí como una suerte de refugio, de lugar seguro al que retirarse y en el que poder reinventarse. Lo cierto es que Valencia es perfecta para ese papel, podría estar en una lista de ciudades ideales para huir, como pequeña gran urbe que goza de buen clima y emplazamiento envidiable junto al mar Mediterráneo, suficientemente grande como para buscar nuevas oportunidades y lo suficientemente accesible como para no acabar perdiéndose o fagotizándose por la agresividad de una enorme metrópoli.

El caso es que a Valencia acudió en 2006 Cristina Ortiz, auspiciada por su amiga Paca la Piraña (para no iniciados esta valenciana fue íntima de La Veneno y la sacó de más de un apuro), tras salir de la cárcel masculina donde había permanecido tres años condenada por estafa y simulación de delito. La recluyó en su pequeño piso lejos de las tentaciones -los hombres, las drogas, la fama- que le habían arruinado la vida en anteriores ocasiones. En Valencia también se produciría un encuentro fundamental, el que le iba a brindar la oportunidad de trascender. Sería con Valeria Vegas, que entonces estudiaba Periodismo y que se convirtiría después en una de sus mejores amigas y en su biógrafa oficial. Precisamente en su libro, ‘¡Digo! Ni puta ni santa’, se basa la nueva producción de Atresmedia. Autora también de ‘Vestida de azul’, esta periodista y escritora ha participado además en las labores de guion.

Lola Rodríguez en el papel de Valeria.

Lola Rodríguez en el papel de Valeria.

Todo esto se cuenta en el primer capítulo de ‘Veneno’, aunque la Valencia que aparece en él no sea la Valencia real. Eso concuerda muy bien con el halo de fábula que envuelve a esta serie, que juega todo el rato a la ambigüedad, que navega entre la realidad y la ficción, que se debate entre los acontecimientos como realmente fueron y como los recuerdan y ensueñan dos directores que tenían cinco y doce años cuando La Veneno hizo su primera aparición en televisión, en el programa de Pepe Navarro. Ni el hospital de La Fe ha lucido nunca unos letreros luminosos como los que vemos en el primer capítulo, ni tampoco su entorno se asemeja demasiado al que se dibuja en una de las tramas (cuando Valeria acude a buscar a su ídolo porque le han dicho que trabaja en una zona de prostitución que efectivamente sí ha existido siempre por la zona). Se nombra también Nuevo Centro y el barrio de Marxalenes, pero la fisonomía de ninguno de estos emplazamientos se parece a la real. Y tampoco la facultad en la que que estudia el personaje de Valeria tiene el aspecto de ninguna de las universidades en las que se imparte las carreras de Comunicación Audiovisual en esta ciudad.

Pero en este caso da igual. Lo de Valencia es simplemente una anécdota pero que sirve muy bien como ejemplo de lo que pretenden hacer Ambrossi y Calvo con esta ‘Veneno’ en la que abundan los neones, los tonos pasteles y las luces que destellan. La intención es que el espectador no pierda nunca de vista que está ante una historia ficcionada y no ante una biografía cruda y realista sobre la vedette, cantante y colaboradora televisiva. Y por ello pueden permitirse licencias narrativas y de otra condición, como la de crear una Valencia ex profeso para su historia. Y seguramente esta edulcoración, esa adecuación de la realidad a sus intereses vaya a ser una constante en esta propuesta, con el fin de no distraerse de su principal fin, hablar de la creación de un mito y de la necesidad que todos tenemos de sentirnos representados, de buscar referentes para empezar a construirnos o reafirmarnos.

La Valencia de 'Veneno'.

La Valencia de ‘Veneno’.

No cabe duda de que nos encontramos ante el proyecto más ambicioso de esta pareja de creadores, que ha ido sorprendiendo en los últimos años con sus propuestas para teatro, cine y televisión, desde aquella Llamada que montaron en el hall del teatro Lara y que luego fue conquistando otras parcelas hasta su aplaudidísima ‘Paquita Salas’ de la que siempre nos quedan ganas de más. A esta serie hay que presentarse sin prejuicios, eso sí, algo que muchos acumularán contra los directores y contra la propia leyenda de La Veneno, por los claroscuros que abundan en su carrera.

Posiblemente esta circunstancia no permitirá disfrutar a algunos de los aciertos que ya se atisban en el primer episodio, que son varios. Por ejemplo que los Javis saben hacer grande cualquier personaje por insignificante que parezca. La construcción de todos los que se cuelan en este capítulo es perfecta y te deja con ganas de saber más de ellos, desde las protagonistas -Cristina y Valeria- hasta otras más secundarias como las reporteras del ‘Mississippi’ Faela Sáinz o Machús Osinaga, que fueron las encargadas de descubrir a la Veneno y lanzarla a las garras de la fama. Sin olvidar a la amiga de Valeria (que se adivina ya será su escudera fiel), a la profesora que le va a empujar a escribir el libro, o a la madre (una Goya Toledo que con una única escena ya es capaz de transmitir la ternura y preocupación por su hija). Ya hemos comprobado en ‘Paquita Salas’ que para ellos no hay personajes pequeños y que a todos pueden exprimirlos como quieren y concederles su momento de gloria. Es posible que aquí suceda algo similar.

El personaje de La Veneno en una secuencia de la serie.

El personaje de La Veneno en una secuencia de la serie.

También quedan claras las dos grandes tramas, la del auge y declive de la prostituta que acabó siendo estrella de la tele, y la del joven que se atreve a asumirse como mujer gracias a ella. Posiblemente esta segunda sea la más interesante, porque menos conocida y porque ayudará a entender a muchos el verdadero valor que para mucha gente tuvo La Veneno y en general todas aquellas figuras que se salen de los cánones, que habitan en los márgenes y no suelen tener quien les enfoque, y que dan la cara y se muestran tal cual son sin importarles el qué dirán.

Que nadie espere un juicio a la forma de hacer televisión que llegó con las cadena privadas y en la que Pepe Navarro sentó las bases o a la criminalización de algunos asuntos peliagudos en relación a Cristina Ortiz, que se le han perdonado por sus formas grotescas y por su buen humor. Los Javis no están en esas (están en otras que se encargan de subrayar tal vez en exceso desconfiando de la capacidad de interpretar del espectador). A esas conclusiones llegará o no el público más tarde. Y lo que no cabe duda es que esta historia no está contada, ni suficientemente explorada (sobre todo con el respeto que en este título se respira en todo momento) y eso ya es en sí una buena noticia. A ver a dónde nos llevan las siguientes entregas, que tardarán en ver la luz, teniendo en cuenta que la crisis del coronavirus ha echado al traste los planes de la cadena de estrenar un episodio semanal al no haber podido concluir el rodaje y postproducción.

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