Angela Dorothea

Será cosa de la edad o acaso podría achacarlo al largo confinamiento que nos ha trastornado la esencia de la sesera, ya de por sí desgastada con las marcianadas habituales. Pero el caso es que me embargan extravagantes ocurrencias que me sumen en disparatadas cavilaciones. Últimamente, cuando observo el careto de Angela Dorothea Merkel en la prensa o la pequeña pantalla, pienso en su longevidad como jefa suprema, en la popularidad que mantiene entre sus ciudadanos, incrementada incluso durante la pandemia. No me sean, pues, ustedes retorcidos, en absoluto mis ensoñaciones se inclinan hacia el lado erótico, tan sólo me pregunto si una política como ella hubiese tenido alguna oportunidad en España. Siempre concluyó que no, que ni de coña. De entrada su aspecto provocaría enorme rechazo ya que en esta zona preferimos el envoltorio al contenido. Achaparrada, tirando a chepuda, recuerda a una bombona de butano o a un barril de cerveza dispuesto para el Oktober Fest. Cero en carisma. Viste como de saldo. Proyecta el aire tristón que revela una juventud amargada por vivir en la Alemania comunista y encima con un padre, si no me equivoco, pastor luterano o calvinista como esos tipos severos de una película de Bergman. Pero lo peor de todo, lo realmente imperdonable, el motivo fundamental por el cual jamás se habría comido un bollo por aquí, es que suele decir la verdad aunque esta inyecte dolor entre el electorado. Un líder español vomitando verdades tendría menos oportunidades de victoria que un servidor, practicante de boxeo casero con un amiguete desde hace años, combatiendo contra Mike Tyson. De nuevo escucho el mantra de «la culpa de todo es de todos los políticos». Si de ese modo nos desahogamos, perfecto. Pero, ¿alguien como la Merkel encontraría un hueco por aquí? Respondan ustedes mismos.

Leave a Reply