¡Arda la biblioteca!

Siempre que se producen ataques de naturaleza presentista como los de estos días a las estatuas de insignes personajes a cuenta de no sé qué lucha contra el racismo, me viene a la cabeza la ‘Patraña Sexta’ de la obra literaria ‘El Patrañuelo’ de nuestro Juan de Timoneda. Ésta narra como un tiratierra (individuo que transporta escombros) acaba embrollado en una maraña de acontecimientos desdichados. Así, el escombrero, que ha logrado previamente apropiarse de un talegón con los cien cruzados portugueses de un comerciante y anda alborozado, acaba desrabando al asno de un aguador por accidente y provocando el aborto mortal de una preñada en su loca huida del iracundo amo del animal. Después de ser aprehendido por un porquerón (alguacil) es puesto a disposición del alcalde para que se le aplique justicia. Ante la queja del dueño del borrico y del esposo de la abortada, el edil decide entregar al contraventor el asnillo demediado para que se sirva de él en tanto no le crezca el rabo, y en prenda a la mujer malparida hasta bien no se la devuelva preñada a su marido. En buena lógica, el protagonista retorna a su casa «alegre y regocijado» por el resultado del incidente, pues al enriquecimiento ilícito del principio, se suman un valioso pollino y una nueva mujer que gozarse. Pero ¡ay amantísimo lector! que el infortunado se topará con la resistencia vehemente e invencible de la legítima a compartir el gobierno de la casa con la otra Eva. La madeja queda desenredada cuando el alcalde, a nuevo requerimiento de las partes, pone sentencia definitiva; esta vez la mujer volverá a su hombre, el asnillo a su dueño y los ochenta cruzados que han restado del capricho del infractor y señora, al mercader descuidado. Imputémosle pues al autor la exaltación del hurto, del maltrato y cosificación animal y, lo que es peor, del machismo y de la justicia heteropatriarcal. Si a esto le añadimos que Timoneda fue un empresario bienaventurado, llamaba a su idioma materno «mi lengua natural valenciana», publicaba muchas de sus obras en perfecto castellano allá por el siglo XVI y que se enriqueció con el innoble negocio del tratado de pieles de animal, todo un fascista repugnante como los Reyes Católicos, Wamba o el asturiano Pelayo, me asalta el temor de que las hordas adolescentes de dulcinistas, puritanos y luditas fijen sus ojos inyectados en sangre en su figura y se les pueda ocurrir quemar la biblioteca que honra con su nombre el legado del afamado dramaturgo en el barrio valentino de Beniferri. Luego pienso que para saber todo esto es necesario abrir un libro y entenderlo y se me alivia el mal de cuerpo.

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