Delirio

Junto a las cifras de infectados de coronavirus deberían figurar también las de los mentalmente afectados. Y probablemente nos sorprenderían. Porque la pandemia no solo ha dado lugar a una crisis sanitaria y económica sin precedentes sino a millones de pequeñas y grandes crisis existenciales de consecuencias incalculables. Quien más quien menos, todos hemos salido algo tocados del confinamiento. Pero, igual que ocurre con el virus, el encierro no le ha atacado a todo el mundo por igual. Entre los nuevos chalados están los asintomáticos (tal vez los más peligrosos, porque difunden su desvarío de modo silencioso e implacable), los casos de trastorno leve (neuróticos que dejan de respirar cuando se cruzan con alguien por la calle), los graves (amargados sheriffs que van abroncando a todo el que pillan sin mascarilla o sin guardar la debida distancia), los gravísimos (necesitados de tratamiento urgente antidepresivo) y luego está Miguel Bosé, a quien el aislamiento forzoso podría haber provocado un delirio de corte conspiranoide en su sensible cerebro de artista.

Entre la perilla canosa y la raya negra en el ojo, a Bosé se le está poniendo cara de místico ruso, de Rasputín (alopécico) de la profecía apocalíptica. Desde el púlpito virtual de sus redes sociales lanza mensajes que podrían resultar aterradores, si es que alcanzaran a ser comprensibles… Lo mismo denuncia el peligro de extinción de las ballenas que coge carrerilla y arremete contra Bill Gates, especie de Doctor No decidido a controlar el mundo por medio de una vacuna provista de microchips, nanobots y algo denominado ‘polvo inteligente’… ¿Todo eso lleva? Pues a mí que me la pongan, que el cóctel suena prometedor.

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