Jorge Martínez ‘Aspar’: «Me he perdido parte de la infancia de mis hijas por las motos»

Jorge nunca había estado dos meses seguidos en casa», reconoce Amparo, su mujer, entre divertida y resignada, y Aspar afirma con una sonrisa de admisión de la culpa que le toca. Es jueves, día X de confinamiento, pero en la cabeza de Jorge Martínez ‘Aspar’, encerrado -como todos-, se ha encendido una luz que señala el final de la inactividad y, en consecuencia, de la falta de ingresos: ya hay fecha para empezar el Mundial y el móvil parece haber cobrado vida; no para de reclamar atención. Empezamos la conversación hablando de esta situación; ahora las conversaciones son más humanas, preocupados por la familia, los amigos, por las personas que están sufriendo, agradecidos por todo lo bueno que tenemos. También Aspar, que recuerda una y otra vez a aquellos duros inicios, hace ya 41 años. A su madre, que ya tiene 94 años. Con ganas, además, de quitarse de encima cargas que le han pesado mientras estuvo imputado en el caso Valmor. Ahora pasa página con orgullo, libre de toda sospecha, admitiendo que bueno, que lo suyo son las motos. Y acepta fotografiarse con esa familia que le espera en casa tras cada gran premio, que ha estado en las buenas y las malas.

-¿Cuán importante es para usted el mundo del motor?

-Jorge. Yo siempre digo que soy afortunado porque he hecho de mi hobby mi vida. Y eso tiene una cosa buena y otra mala; la primera, que no tienes ni días ni noches, porque la empresa no es mi negocio, es mi vida. Durante muchos años mi prioridad número uno han sido los resultados deportivos, que luego traen los económicos.

-Dice que las motos son su vida. ¿Sabía usted, Amparo, dónde se metía cuando le conoció?

-Amparo. No era muy motera… -«¡nada!», le interrumpe, riendo, Aspar-, pero sabía más o menos dónde me metía. Sacrifiqué parte de mi vida profesional por ello, porque al estar con una persona que viaja tantísimo tenía que dedicarme a la familia. Quizás es lo que más me ha costado de sobrellevar. Por lo demás, somos como un equipo, me siento muy valorada por él y he llevado bien esta vida porque no soy muy dependiente de mi pareja. Quizás porque tuve una relación anterior, fui madre joven y estuve mucho tiempo sola con mi hija.

-J. Vamos a cumplir diecisiete años juntos y en este tiempo nos hemos dado cuenta de que tenemos unos valores muy parecidos.

-¿Siente que se ha perdido cosas a nivel familiar? ¿De sus hijas?

-J. Cuando estás tantos días fuera es normal perderse cosas, sobre todo de la infancia de mis hijas, pero se trata de ponerlo todo en la balanza, porque llevo 41 años en la profesión y afortunadamente sigo teniendo la misma pasión e ilusión.

-A. Además, cuando está en casa pasamos mucho tiempo juntos, somos muy caseros, nos encanta que venga la familia y los amigos, por eso quizás esta situación de confinamiento no nos ha provocado un shock exagerado.

-¿Cuántas renuncias hay detrás de los premios y reconocimientos a lo largo de su trayectoria?

-J. Cuando yo empecé me daba lo mismo comer, que dormir, si tenía que hacerlo en el suelo no me importaba, lo único que quería era correr, estar encima de la moto. Me daba igual el dinero, en contra de lo que me decían mis padres y en contra de todo. Es cierto que entonces era un deporte mucho más peligroso, corríamos por los pueblos, por los polígonos, sin protección. Afortunadamente hoy en motociclismo han cambiado mucho las cosas.

«La Fórmula 1 me quitó muchísimo el sueño, me parecía injusto y hay quien debería pedir perdón»

-Ha hecho sufrir mucho a sus padres.

-J. Sí. Mis padres nunca quisieron venir a verme correr. Y mi madre decía: «hijo mío, no corras». Yo le contestaba: «mamá, díselo a los otros, si ellos corren menos yo corro menos, pero lo que quiero es ganar». (ríen).

-Quién se lo iba a decir, todo lo que ha conseguido, ahora convertido en leyenda.

-J. Vengo de una familia humilde, sin estudios, porque dejé el colegio a los catorce años para irme a trabajar a una fábrica de envases de naranjas. Mi objetivo era tener dinero para poder comprarme mi primera moto para correr. Y yo creo que es muy bonito, de vez en cuando, una mirada atrás. Ver de dónde vienes, quién eres, saber dónde estás y adonde quieres ir, así no pierdes la perspectiva. Hace dos o tres años, en Malasia, en una reunión importante con una persona importante, le comentaba que me había fallado un patrocinador, que el equipo, que tal… y me dice: «Jorge, ¿quién te hubiese dicho a ti cuando empezaste con la ‘Streaker’ que llegarías a tener un campeonato del mundo, que hubieses sido once veces campeón? No te quejes». Hay que quejarse para solucionar los problemas, claro, pero también tener los pies en el suelo para saber lo que has luchado.

Jorge Martínez 'Aspar' junto a su mujer, Amparo Vílchez.

Jorge Martínez ‘Aspar’ junto a su mujer, Amparo Vílchez. / Jesús Signes

-Tenía claro que no quería hacer carrera en la fábrica de envases.

-J. De hecho, me tiraron de la fábrica porque yo les decía a los dueños que me daba igual trabajar de lunes a viernes de seis de la mañana a diez de la noche, pero que yo el fin de semana me iba a las carreras. Recuerdo que en el año 79 tenía que viajar a Andorra a correr una subida en cuesta puntuable para el campeonato de España y en la fábrica me dijeron: «si te vas no vuelvas». Y les dije que no se preocuparan, que no lo haría, porque no era mi objetivo trabajar allí. Me tiraron y en mi casa me dijeron de todo, pero afortunadamente salió todo bien.

-¿Nada le hizo dudar? Los entornos de deportistas de élite pueden ser muy perjudiciales.

-J. Siempre lo tuve clarísimo, y eso que la tentación siempre está, es cierto. Pero a mí no me interesaba nada que no fuera correr, y aquello que me permitiera mejorar. Recuerdo que aparecí con preparador físico y Ángel Nieto se burlaba, que él nunca se había puesto un chándal.

-Fueron rivales y amigos.

-J. Me enseñó mucho, también me hacía putadas; había mucha competitividad pero luego nos hicimos muy amigos. Ángel era de las personas más pillas, más pícaras y más listas que he conocido en mi vida. Un crack. Sentí mucho su muerte.

-Hablamos de sobreponerse a las dificultades. Solo usted sabe lo que le ha costado llegar hasta donde está. ¿Alguna vez le han dado ganas de tirar la toalla?

-J. Pocas veces. Cuando un fin de semana ha ido mal, después de un esfuerzo grandísimo, el piloto se cae o la moto se rompe, que puede pasar, se me cae el mundo, pero me dura cinco minutos. El lunes me levanto con ganas de seguir luchando.

«Mi madre me decía: ‘hijo mío, no corras’»

-Usted mismo ha dicho alguna vez que ha cometido errores, como piloto y como empresario. ¿Cambiaría muchas cosas si pudiera volver atrás?

-J. Mirar hacia atrás es muy fácil. Como piloto cometí varios errores porque tenía un exceso de confianza en mí mismo.

-A. Sigue siendo así (ríen). Pero para acertar alguna vez hay que errar bastantes, que aquí nadie se crea que es todo es fácil, a nivel empresarial y también personal.

-J. El balance es bueno, que es lo importante. ¿Quién puede decir que ha sido once veces campeón del mundo, entre mis títulos y los del equipo?

-¿Se arrepiente de haberse metido en la Fórmula 1?

-J. Las motos son mi mundo, por mi cabeza nunca pasó hacer otra cosa que no fueran las motos. En la Fórmula 1 hubo una etapa muy bonita, la de traer el campeonato, de construir un circuito increíble, dar una imagen impresionante. Pero el final de aquello fue penoso.

-¿Le ha quitado el sueño?

-J. Sí, muchísimo. Me parecía injusto y me lo sigue pareciendo, y me encantaría que algún político y algún medio de comunicación pidiese perdón: hablaban y decían cosas completamente injustas, porque lo único que hicimos nosotros fue dejarnos la piel.

-¿Cómo pesó aquella situación, la de estar imputado en el caso Valmor, a nivel familiar?

-A. Pesó mucho porque, además, sé que Jorge se metió en ese proyecto porque se lo pidieron, que a nivel profesional descartaron a otras personas por otros motivos. Porque salió perjudicado una persona que lo único que intentaba era hacer su trabajo de la forma más honesta y transparente posible, y da rabia. Sé lo que sufrió cuando estaban con la obra, que él es un obseso de la seguridad, y el tiempo que le dedicó, dejando de lado lo que realmente era su actividad, su empresa. En ese momento me preocupaba sin saber lo que iba a pasar. Imagínese luego. En casa lo sufrimos porque veíamos titulares con medias verdades que hacían un daño terrible.

-¿Hay algo que le permita hacer un click en su día a día?

-J. Es cierto que desconecto poco, siempre estoy pensando en cómo hacer las cosas mejor, pero estoy en casa y estoy feliz, soy una persona bastante tranquila.

-A. No llega a obsesionarse con nada ni tampoco hay nada que llegue a sacarlo de quicio. Él necesita vivir aquí, en su tierra, y se conforma con cosas muy sencillas.

-J. A mí el almuerzo que no me lo quiten; a las diez de la mañana, esté en Japón o en Australia, el cocinero del equipo sabe que mi bocata de tortilla, o de jamón, es sagrado. Hay ciertos detalles que me recuerdan mucho a la Ribera, y las necesito.

-Si sus hijas le dijeran que quieren dedicarse a las motos, ¿qué les contestaría?

-A. La mayor apuntaba maneras, pero no la animamos.

-J. No es fácil ser hijo de alguien que ha logrado estar entre los mejores, las comparaciones estarán ahí. Lo que yo sí les digo a mis hijas es que, hagan lo que hagan, tienen que intentar siempre ser las mejores.

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