La gloria y el llanto en la misma ciudad

El 24 de mayo de 2014, Real Madrid y Atlético de Madrid se presentaron en el Estádio da Luz de Lisboa para protagonizar por primera vez en la historia una final de la Copa de Europa entre dos equipos de la misma ciudad. Hasta entonces se habían dado casos de finales entre clubes de un mismo país (Juventus-Milan, Manchester United-Chelsea, Real Marid-Valencia y Bayern-Dortmund), pero no entre dos de la misma urbe. Que repitieran la gesta dos años después en Milán confirmó que la primera cita no fue casualidad. Si para el Madrid fue una prueba más de que esta es su competición fetiche, para el Atlético fue la confirmación de su regreso a la élite del fútbol europeo bajo la dirección de Diego Pablo Simeone.

Ni el Inter y el Milan, la Juventus y el Torino, el Manchester United y el City, o el Arsenal y el Chelsea, por citar algunas de las grandes rivalidades metropolitanas, han podido imitar lo logrado por merengues y colchoneros. Cuando uno estaba en plenitud, el vecino estaba en horas bajas. Otras ciudades como Barcelona, Ámsterdam (Ajax), Liverpool, Múnich (Bayern) o Lisboa (Benfica), sólo han contado con un club capaz de pelear por el torneo y conquistarlo. Solo hay un precedente similar en la final de la Copa Libertadores, cuando Boca y River Plate se enfrentaron en 2018. Y de nuevo Madrid fue protagonista al acoger la final por el ataque al autobús de River que impidió que se disputara el primer partido en La Bombonera y posteriormente la vuelta en el Monumental.

Las dos finales fratricidas entre los clubes de la capital depararon un único campeón, el Madrid, pero también un muestrario de escenas, personajes y consecuencias trascendentales en uno y otro equipo. En 2014, la primera imagen fue la autovía de Extremadura, que empalma desde Badajoz con Lisboa, teñida por dos hinchadas que se respetaron en cada área de descanso en la que coincidieron. El temor ante posibles episodios de violencia fue enterrado por una lección de civismo ejemplar antes, durante y después de la final. A ella llegó el Atlético como favorito, avalado por el título de Liga conquistado dos semanas antes en el Camp Nou y por haber liquidado en el camino al Barcelona y al Chelsea. El Madrid, dirigido por Carlo Ancelotti, llegó respaldado por su heráldica en la competición y ser el verdugo del Bayern de Guardiola en semifinales, pero con un campeonato liguero tirado por la borda en el último tramo.

Para el Atlético, la previa y también la final las protagonizó Diego Costa y la lesión que arrastraba desde el último tercio del curso. Los intentos por recuperarle incluyeron hasta un viaje relámpago a Belgrado para tratarse con placenta de yegua. Simeone, tras verle realizar varios sprints el día previo al choque, decidió alinearle pese a que en el calentamiento también se le vio con problemas. Costa se retiró con disimulo el vendaje que le protegía y se lo dio a escondidas al Profe Ortega, el preparador físico. Con todo, salió de inicio y a los ocho minutos tuvo que ser reemplazado por Adrián, que también había hecho el calentamiento con los titulares y lo continuó con el partido ya en juego. El cambio, tan tempranero, condicionó el desenlace final. El Atlético aguantó el gol de Godín hasta el minuto 93. El histórico cabezazo de Ramos condenó al Atlético a jugar una prórroga sin poder hacer cambios, agotados por Simeone durante el segundo tiempo.

La prórroga fue un martirio para el Atlético, que no aguantó la crecida del Madrid liderada por Di María y Marcelo. Entre los dos reventaron a un acalambrado Juanfran. Bale, tras una incursión del extremo argentino, Marcelo y Cristiano, de penalti, certificaron la superioridad blanca. Para el Atlético, la derrota le retrotrajo al drama de Bruselas, 40 años antes, frente al Bayern. Para el Madrid, ese cabezazo que inmortalizó a Ramos supuso la conquista de la Décima tras 12 años de sequía, la continuidad de Ancelotti y una buena dosis de estabilidad institucional tras la erosión causada por los tres años de José Mourinho.

La pena de Juanfran

Si excepcional fue esa primera final, más lo fue la disputada en Milán. Por segunda vez, Madrid se convirtió en la capital del fútbol europeo ante la admiración mundial. Las dos aficiones volvieron a ser ejemplares. El Atlético se plantó el 28 de mayo en San Siro tras haber eliminado al Barcelona de Luis Enrique, vigente campeón, y al Bayern de Guardiola en semifinales. ElMadrid, con Zinedine Zidane al frente, tras haber reemplazado a Rafa Benítez en enero, llegó de nuevo con el peso de su púrpura como principal argumento y tras haber apeado al City en semifinales. Ramos adelantó a los blancos antes de cumplirse el cuarto de hora. Griezmann erró un penalti antes de queCarrasco empatara. Esta vez, el Atlético estaba más entero para la prórroga. Al Madrid, con varios jugadores acalambrados, le vino bien que el equipo de Simeone bajara las revoluciones y aceptara los penaltis.

Inesperadamente, el Atlético eligió lanzar en segundo lugar, porque con ese método eliminó al Bayer Leverkusen en los octavos de final. Juanfran erró su lanzamiento y Cristiano no falló en el quinto. Las lágrimas del lateral rojiblanco fueron sepultadas por la posterior rueda de prensa de Simeone, en la que por primera vez pronunció la palabra fracaso y dejó en el aire su continuidad. “¿Qué le digo a la gente? Este es un momento para pensar por mi parte. Para el Atlético jugar dos finales en tres años es maravilloso, pero no estoy contento con ello. Perder dos finales es un fracaso”, retumbó en la sala de prensa de San Siro. Esas palabras del Cholo provocaron que Miguel Ángel Gil tuviera que viajar un mes después a Buenos Aires para convencer a Simeone con un suculento aumento de contrato para que continuara.

Para el Madrid, la Undécima supuso la primera de tres conquistas consecutivas. Algo que ningún club había logrado bajo la denominación de Champions League.

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