La pandemia destapa las carencias

Contactar telefónicamente con el centro de salud se ha convertido en la actualidad en un ejercicio de perseverancia que no todos los pacientes logran superar. La saturación de las centralitas anticipan el colapso que sufren las consultas de pediatras y médicos de familia que, en el mismo espacio de tiempo, se ven obligados a atender al doble o al triple de enfermos de lo habitual con unos protocolos Covid que ralentizan, más si cabe, la asistencia sanitaria.

La cita previa se demora en buena parte de los casos en más de una semana y los pacientes, cansados de esperar, se plantan a las puertas de los consultorios o en los servicios de Urgencias hospitalarios para intentar ser atendidos, mientras los médicos protestan a las puertas de los centros de salud y amagan con convocar una huelga.

La pandemia, por tanto, ha terminado de destapar las carencias que desde hace años arrastra un escalón sanitario tan importante como es la Atención Primaria, donde la falta de profesionales y de recursos adecuados se hacía especialmente palpable cuando la gripe y otras infecciones respiratorias causaban estragos con la bajada de las temperaturas. Pero estas crisis duraban unos meses y pasaban. Mientras tanto, la Administración autonómica apaciguaba los ánimos de las plantillas con promesas de refuerzos que llegan a cuentagotas. Parches que apenas resuelven el déficit estructural de personal que arrastran los centros de salud.

«No hay médicos, las bolsas están vacías». La Conselleria de Sanidad se ha escudado más de una vez en las dificultades para contratar a profesionales sanitarios y este verano, en mitad de una pandemia mundial nunca vista en la era moderna, programó exactamente el mismo número de refuerzos para Atención Primaria que el estío de 2019. Pero, ¿realmente no hay médicos o, en realidad, lo que ocurre es que no hay suficientes facultativos que quieran o puedan trabajar en la Comunitat?

La situación de los Médicos Internos Residentes (MIR) puede arrojar luz para dar con la respuesta. Por un lado, esta etapa formativa se ha convertido en los últimos años en un embudo en el que apenas la mitad de los aspirantes puede optar a la especialización, por ejemplo, de Medicina Familiar o Comunitaria, experiencia reglada sin la que es imposible ejercer en la sanidad pública. Por tanto, y con unas 7.000 plazas para casi el doble de aspirantes, la deficiente planificación ya evita alcanzar cotas de profesionales mayores, que reconducen sus carreras hacia el sector privado o países extranjeros.

A este desfase entre la producción de graduados de las facultades y las limitaciones para obtener la especialización se suma, en el caso de la Comunitat, unas condiciones laborales, retributivas y formativas que han empujado a los MIR a secundar una huelga que se alarga ya más de dos meses. No es de extrañar, por tanto, que estos residentes opten por marcharse a otras regiones españolas que les ofrecen contratos estables y mejores sueldos, puesto que entre unas autonomías y otras hay hasta 5.000 euros al año de diferencias salariales. Otro apunte. En sólo un año las solicitudes de certificados para trabajar en países extranjeros -donde duplican y hasta triplican los ingresos- suscritas por facultativos valencianos han crecido un 15%.

Por tanto, parece que la ineficiente gestión tanto autonómica como estatal tendría mucho con ver con esta supuesta falta de médicos.

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