Sonidos contra el estrés

Póngase en situación. Es fin de semana. En la calle llueve y usted oye el repiqueteo en la ventana. Tiene la televisión encendida. Se acomoda y busca algo que ver. ¿Qué tal el Giro? Al rato, no sabe cuánto, se despierta. La etapa ha terminado. Ni se acuerda de lo último que vio. Tampoco de la última vez que consiguió dar una cabezada así.

¿Qué ha pasado? La respuesta es múltiple, pero hay algo que le ha ayudado a caer en ese estado de relajación. No es el cansancio, es algo más tangible: la lluvia y la tele. De la misma manera que el sonido de un taladro le puede levantar dolor de cabeza, el crepitar de una hoguera puede conseguir que se calme. Los sonidos relajantes no son una invención, existen y son un instrumento perfecto para sobrellevar el estrés.

El gorgoteo de una fuente, el canto de los grillos, las olas rompiendo en la orilla, el trino de los pájaros… Son sonidos que se relacionan con la calma. Es la familia de los ambientales. Pero hay más, como algunos tipos de música. O el de los cuencos tibetanos: quienes meditan saben lo que ayuda recorrer con un mazo el borde. «Los sonidos relajantes, no son mística», defiende Alba Valle, psicóloga sanitaria y profesora de meditación. Pero «falta investigación, es un campo en el que la Ciencia no pone la mirada y no porque no sea importante», apoya Álvaro Sánchez Ferro, neurólogo y coordinador del Comité de Nuevas Tecnologías de la Sociedad Española de Neurología.

Lo que sí influye a la hora de definir un sonido como tal es «la percepción» de quien lo escucha, su «cognotación interna», prosigue Valle. «Si de pequeña mi abuelo me llevaba al bosque y me lo pasaba bien, de mayor me traerá buenos recuerdos». De ahí que no todo funcione con todos.

Los sonidos son vibraciones que llegan a nuestros oídos y se transforman en estímulos para el cerebro. Depende de a qué lugar vayan, nos bajan las revoluciones o no. Es decir, ponen a funcionar redes neuronales que regulan el sistema simpático (el que nos activa) o el parasimpático (el que nos relaja). Eso sí, mientras nosotros pisamos el freno, nuestro cerebro «no para, cambian las áreas que están activas», detalla Sánchez Ferro.

Un orgasmo del cerebro

Algunos de los sonidos que consiguen esto «son muy antiguos, por ejemplo, los mantras que usa la meditación desde hace siglos», continúa el experto. Otros, más modernos, como los bianurales, que se escuchan a diferentes frecuencias en los dos pabellones auditivos. Los últimos en subirse a este carro son los ASMR, que son las siglas en inglés de respuesta sensorial meridiana autónoma. Es un fenómeno biológico que provoca placer cuando escuchas o ves algo que satisface a tu cerebro. Algunas personas aseguran que sienten hasta un hormigueo en la zona de la nuca que les baja por la espalda, como si fuera un orgasmo. Y está tan de moda que hay canales en YouTube dedicados solo a esto con 8 millones de suscriptores.

«Es un fenómeno con muchísima difusión. El ser humano tiene necesidad de controlar el estrés y busca estrategias para ello», replica el neurólogo. ¿Y funcionan o es sugestión? «No hay que desdeñar el efecto placebo: es muy potente y a veces funciona, como en los estudios de medicamentos contra las migrañas. Hay individuos del grupo de placebo que siente mejoría».

Lo que sí está claro es que el sonido que percibimos y su volumen induce diferentes respuestas cerebrales. Por lo general, los graves y flojos nos ayudan a calmarnos. De ahí que haya expertos que recomienden poner la radio en la habitación de los bebés que duermen mal para mejorar su patrón del sueño. Es el ruido blanco.

Que existan sonidos relajantes tampoco significa que sean la panacea. «No son imprescindibles, pero ayudan», reflexiona Valle. Son «un atajo» para llegar a donde queremos, para «’hackear’ a nuestra mente cuando nos dice que aceleremos». Y su funcionamiento depende también del punto del que partamos. «A la relajación podemos llegar todos», pero vamos a diferentes velocidades. Es «un lugar que ya conocemos porque estamos en él de niños y lo perdemos en la medida en que crecemos» por las responsabilidades. Por lo tanto, hay que «reaprenderla» y «depende de cada persona y de sus vivencias» lo que tardemos en conseguirlo. Es el punto de partida.

UN RETO MODERNO

Todo pasa en el cerebro
Cuando escuchamos un sonido, inmediatamente lo procesamos. En nuestros oídos transformamos las vibraciones en estímulos para nuestro cerebro. Allí activan redes neuronales que regulan el sistema simpático (el que nos activa) o el parasimpático (el que nos relaja).
¿Con qué sonidos me relajo?
Hay diferentes tipos:los ambientales, los mantras de meditación, la música, el ASMR… Que un sonido consiga calmarnos depende de las vivencias de cada uno, de sus recuerdos. Por eso, no a todo el mundo le calma el sonido del mar: hay quien ha tenido malas experiencias en el agua y escucharlo se las traerá al presente.
¿Son una moda?
Gestionar el estrés es un reto para la sociedad moderna. De ahí que haya que buscar estrategias. «Pasa como con el ‘mindfulness’, que está de moda pero no es una moda. Ya se usaba en los hospitales en los años 80», explica la psicóloga Alba Valle.
Enemigo invisible
El estrés«crónico y continuado» también puede dejar KO a nuestro cerebro. «No nos va a doler, pero ocurre como con la presión arterial elevada», señala el neurólogo Álvaro Sánchez Ferro.

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